¿Es verdad que dios ha muerto?


12 de octubre del 2008.
Después del Congreso ¿Es verdad que Dios ha muerto?
No hay tiempo que no llegue, ni plazo que no se cumpla, dice el refrán; y por fin se llevó a cabo en la ciudad de México el Congreso ¿Es verdad que Dios ha muerto?, evento que tuvo la intención de realizar un diálogo multidisciplinario entre la filosofía, la teología y la ciencia acerca de la existencia, o no del denominado dios. El encuentro detonó un debate basto y fructífero, en el que se ofrecieron muchas visiones, extraídas de diversas realidades, así como múltiples contenidos sobre la idea de dios y sus aplicaciones en el fenómeno religioso de nuestro tiempo.
Pocas novedades fueron planteadas; desde luego un consenso general apuntó a señalar que en su mayoría, (porque hay sus honrosas excepciones) la iglesia católica romana es la portadora de los ejemplos mas increíbles y nada aceptables, de lo que una iglesia NO debe ni PUEDE seguir reproduciendo ni permitiendo; lo anterior tiene que ver con la conclusión o propuesta teológica (ofrecida por Samuel Ruiz) de que, toda teología debe ser liberador, de lo contrario, no puede ser llamada teología; y casi la mayoría de los ponentes reconocieron hasta el cansancio que ésta institución es un digno ejemplo en el que se cumple la premisa incluida en el título del encuentro “es verdad, dios ha muerto”, sobre todo porque la estructura administrativa, o jerárquica se ha distanciado de las problemáticas actuales, y se ha estacionado en una especie de confort religioso, en donde la “oferta” religiosa está en el “turismo religioso” (como afirma el obispo de Guadalajara en la construcción de su santuario), es decir, la oferta de fe que se promociona en ésta institución, ha dejado de responder a la búsqueda y anhelo de quienes se dicen profesar dicha religión.
Mi análisis me indica que el fenómeno religioso, o la idea de dios tendrá que irse desconstruyendo en algo que cada día sea menos divino y más humano. El error de las religiones ha sido la “divinización” de dios y su consiguiente alejamiento de las mujeres y hombres que afanosamente lo buscan. Lo anterior tiene relación con el anhelo del ser humano de ser “como dioses” y la necesidad de creer y transferir las responsabilidades de nuestros actos a decisiones divinas y sobrehumanas a ese dios.
Creo que en el origen de la elaboración de la idea de dios, o de los dioses, podemos encontrar el principio y fundamento de muchas catástrofes actuales; por ejemplo: se afirma que “Dios eligió a su pueblo”, y me pregunto, ¿que hizo con todos los demás?; la devoción señala que “Dios elige a los que le han de seguir” y valdría la pena analizar en esta afirmación, si está aquí el probable origen de la discriminación, el clasismo y racismo que genera guerras y matanzas (en nombre de la Fe) por ser, vivir y pensar diferente entre unos y otros. Otro dogma asegura que “Dios vive en la opción preferencial por los pobres”, frente a lo que pregunto si los pobres se acabaran (y no necesariamente que mueran de hambre), entonces sí, realmente ¿Dios moriría?, o será que ese tipo de ideas legitiman y apoyan los sistemas monárquicos y las hegemonías que fomentan las desigualdades entre los seres humanos, ignorando la diversidad como una realidad.
Ante la afirmación repetida durante el Congreso que aseguraba que “dios no ha muerto, dios está vivo, en cada ser humano”, me pregunté ¿será que dios es un irresponsable porque permite la miseria, la guerra, la injusticia, la explotación y todas y cada una de las formas de desigualdad social que están consumiendo a la sociedad por igual en todo el mundo? Considero urgente que aprendamos a reconocer a cualquier ser humanos como “MI SEMEJANTE”, mi otro yo, o mi yo mismo frente a mi, haciendo cosas verdaderamente transformadoras en pro de la igualdad.
¡Ay! de aquellas religiones que continúen promulgando sus credos excluyentes, separatistas, sexistas, clasistas, racistas, homofóbos, lesbofóbos, etc. Más les valdría no hablar en nombre de tanto amor, profesando el odio mismo. Si han sido las religiones el principio y fundamento de las divisiones sociales, no será que alguien pueda esperar que venga de ellas la armonía y la unidad humana. La sociedad toda tendríamos que ser consientes de las necesidades de nuestros semejantes y contribuir a la transformación de nuestra sociedad con formas distintas de relacionarnos.
Basta ya de caridades y asistencialismos que no transforman la brecha social entre ricos y pobres, solo sana conciencias de aquellos ricos y poderosos que creen la limosna es sinónimo de justicia. Basta ya de seguir solapando la corrupción política, empresarial y social que mantiene el sistema de opresión de las y los trabajadores que reciben el sueldo mínimo, mientras los líderes sindicales se llenan los bolsillos. Ya basta del silencio que guardan los dirigentes sindicales ante los “costosísimos” regalos que reciben por vender a los maestros a quienes dicen representar en la lucha sindical, no puede ser que una conciencia valga tan poco como una camioneta Hummer del año. Ya basta de seguir buscando a dios en las iglesias, mientras la gente sigue muriendo de hambre a nuestro alrededor.
¡Dios quiera! y de verdad muera dios, con todos sus contrasentidos, clasismos y favoritismos discriminantes, que por cierto, siguen siendo regenteados por los representantes de las Iglesias como únicos mediadores de interlocución y que en su lugar, reviva en nuestros corazones la posibilidad de vivirnos como “semejantes” en lo hechos.
Judith Vázquez Arreola, editoreslaicos@prodigy.net.mx
Teóloga por la Universidad Iberoamericana
Lesbiana Feminista de la Liberación

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