México D.F. a 24 de diciembre del 2008.


La Paz en Jesús de Nazaret.


Hay tiempos como este día (la natividad para los religiosos cristianos), en los que el tema de la paz se vuelve cotidiano; el espíritu contagia a todos por igual de un impulso que proviene de las entrañas mismas de la humanidad y de cada persona que se alegra, celebra y festeja este tiempo llamado “tiempo de paz y amor”.

Las imágenes que se recrean por doquier son aquellas que muestran a 3 figuras emblemáticas por la humanidad (una familia diversa sin lugar a duda) compuesta por José, María y Jesús. La historia poco puede atestiguar de su vida y existencia realmente y solo ha quedado en las manos de la llamada “tradición cristiana” el arte de recrear la vida y obra de los 3 personajes primigenios de ésta peculiar celebración; entre documentos apócrifos y canónicos se entremezclan las tradiciones y celebraciones sobre el pesebre de Belem, los pastores, el ángel y los animales y desde luego los ilustres personajes venidos de oriente y el inagotable perseguidor del recién nacido, el Rey Herodes.

Tal vez es la sola idea de una vida nueva lo que podría traer esperanza a la humanidad, como la trae el nacimiento de cualquier bebé en nuestras comunidades; sin embargo el “nacimiento del hijo de María” sigue dividiendo el tiempo en antes y después, y continúa marcando una pausa a manera de tregua en algunas naciones.

Pensar en la figura histórica de Jesús de Nazaret no se puede separar de tiempos violentos y de persecución en el que se gesta su vida y se lleva a cabo su obra; imaginar que verdaderamente fue un tiempo de paz ni siquiera puede ser posible si recreamos las escenas constantes que amenazaban la vida del hombre histórico hasta su trágica aprensión y muerte de cruz como un malhechor cualquiera a manos de los romanos como lo atestiguan los documentos históricos de Flavio Josefo (Yosef bar Mattityahu 37-101).

Las pastorelas en América sirvieron de elementos evangelizadores para los autóctonos habitantes de las tierras americanas, y continúan siendo un magnífico pretexto para reproducirlas en todos los rincones y confines del mundo colocando la atención en la persona del “niño Dios”, o un hombre llamado Jesús, hijo de María y nacido en Nazaret al principio de los tiempos.

De cualquier forma hay que reconocer que la inventiva de los evangelizadores es atraer la atención del espectador, transmitir la enseñanza central y desviar la atención de todo aquello que pueda provocar un efecto contrario al deseado. Lo que hoy no podemos continuar ignorando es que aquel niño que cuenta la “tradición” que nació en un portal de Belem, hijo de madre María y papa José, llegó al mundo para transformar la realidad de injusticia en algo mas justo; que recorrió los pueblos haciendo milagros, sanando enfermos, comiendo con publicanos y pecadores, devolviendo la dignidad a los oprimidos y que su propuesta central fue precisamente construir y trabajar por la igualdad, la justicia, la paz, la solidaridad, de todas y todos, en búsqueda precisamente de una “justicia social”. Este hombre que la tradición hizo Dios, nunca escribió ninguna discurso, jamás dejó plasmada en papel ninguna enseñanza, no impartió ninguna cátedra y ni por casualidad se revistió de poder ni levantó su mano para bendecir a nadie; sin embargo sus mensajes llenos de sabiduría los han recuperado en textos diversos en donde se habla de la idea central del “reino de Dios”.

El Reino de Dios no es un sitio, tampoco es un país o Estado específico como las monarquías históricas que conocemos; es mas bien un imaginario social en donde no hay pobres ni ricos, negros y blancos, hombres y mujeres, sino que todos somos iguales en dignidad y derechos, en oportunidades y bienes; es indudablemente aun un “imaginario” que es el motor de todas y todos los que creemos que un mundo mejor es posible.

Jesús de Nazaret nos ha puesto la muestra de lo que es luchar por transformar la realidad; nos ha dejado el ejemplo de lo que hay que hacer para que la justicia se construya para todas y todos; nos dejó el testimonio de las injusticias en su tiempo, pero al mismo tiempo de su actitud profética del la denuncia y las acciones transformadoras con los que menos tienen.

No puede ser la figura del niño que celebramos en este tiempo una figura de inmovilidad y pasividad que solo decora y no transforma la vida. Según la “tradición cristiana” Jesús de Nazaret es sinónimo de vida nueva. Pues reproduzcamos esa vida en nuestras vidas cotidianas.
Que no solo se recuerde una imagen inocente y diminuta de aquel que dividió el tiempo en antes y después; que no sea solo un cuadro teatral de una pastorela y la bella presencia de un bebé; mejor recordemos la esperanza que trae en el corazón aquel ser sensible a la injusticia y luchemos por construir un mundo mas justo.

Celebremos cotidianamente la paz de la que hablamos en este tiempo y vivamos permanentemente en una actitud generosa, amorosa, solidaria, pacífica, honesta, justa que nos convoca el tiempo de la natividad, dejando de lado la violencia, la envidia, el desamor, la injusticia, que es nuestra realidad ordinaria. No vivamos solo el tiempo de navidad en paz, sino trabajemos por ella siguiendo el ejemplo del que hoy celebramos

¡Feliz Vida y que Reine muy pronto la Paz!

Judith M. Vázquez Arreola editoreslaicos@prodigy.net.mx
Teóloga por la Universidad Iberoamericana
Lesbiana, Feminista de la Liberación.
Para leer mas textos de la escritora: http://conciudadana.blogspot.com/

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